Leo la noticia de la visita de Merkel, la cancillera alemana, al campo de concentración nazi de Auschwitz, así como las palabras que ha pronunciado: "Recordar los crímenes, nombrar a sus autores y rendir un homenaje digno a las víctimas es una responsabilidad que nunca se detiene, no es negociable y es inseparable de nuestro país. Es parte de nuestra identidad nacional .“ Aplaudo su visita a un lugar nada cómodo para cualquier alemán.
Hace años viajamos a una Cracovia que era entonces muy distinta de la que es hoy. Su belleza provinciana y decante, libre aún de la presencia masiva de turistas, nos resultó cautivadora. Florianska, su calle principal -tomada hoy por tiendas de marcas internacionales y por comercios para turistas- era nuestra vía de acceso a la Plaza del Comercio. Muchas cosas nos sorprendían de la cotidianeidad de la ciudad; una de ellas, la presencia constante de sacerdotes jóvenes, con sotana negra hasta los tobillos, pululando por todas partes. Era uno de los signos de la apabullante fuerza que la iglesia católica más tradicionalista tenía en aquella sociedad.
Una mañana nos acercamos hasta Oswiecim, Auschwitz para los alemanes. Tras llegar a la entrada del campo, pasamos por debajo de la especie de arco donde figura la famosa frase: “Arbeit macht frei”. Estábamos en el lugar donde penaron y murieron cientos de miles de personas, simplemente por ser distintas según el estandar nazi.
Era un día muy frío de finales de otoño, y además laborable, por lo que apenas estábamos allí unos cuantos visitantes aislados y un único grupo, formado éste por jóvenes alumnos de un instituto de Munich. Íbamos a nuestro aire, sin guía, conscientes de que nos enfrentábamos a uno de los capítulos más oscuros de nuestro pasado: el del exterminio de cientos de miles de personas inocentes, con la característica singular de haber sido llevado a cabo con la eficiencia, eficacia y sistematización de cualquier proceso industrial alemán.
Nos conmovió el silencio y el respetuoso comportamiento del grupo de alumnos; sin duda impresionados por el escenario. Eran muy conscientes de donde estaban y, probablemente, del papel que sus abuelos habían representado en aquella función.
Recuerdo la presencia de una familia alemana, un matrimio y sus dos hijos adolescentes, y la incredulidad, la rabia y la pena reflejados en los ojos de los padres.
También la cara de ofendido desdén que nos dedicó un brasileño, al negarnos a tomarle, como souvenir, una fotografía justo a la entrada de uno de los hornos crematorios. No quedaba nadie más y se hubo de ir sin ella.
Unos meses antes, habíamos pasado unos días en Ettlingen, al norte de la Selva Negra alemana. Desde allí nos desplazábamos, visitando Heidelberg, Karlsruhe, Schiltach, Friburgo, Baden-Baden, etc. Civilización, cultura, macetas de flores y cerveza a espuertas.
Durante la mayor parte de la existencia del campo de Auschwitz, su eficaz responsable fue un militar alemán vecino de Baden-Baden. Vivía con su mujer e hijos cerca del campo de exterminio, y hacía su trabajo como lo hubiera hecho si hubiera estado en su ciudad natal, al frente de cualquier tipo de industria.
Al terminar la visita al campo, alguien comentó que siempre recordaríamos ese día. Así es. Por mi parte, he de decirles que, de igual modo, nunca ya he podido evitar asociar el nombre de Baden-Baden (ya saben, civilización, cultura y macetas de flores) con el de Auschwitz.
Buen fin de semana a todos.