Pero eso no es una característica exclusiva de la intervención estatal. Lo que describe aquí es la naturaleza misma de la praxis en cualquier ámbito: los efectos son posteriores a las causas. Y cuando intentamos intervenir en sistemas tan complejos, como son la economía o la política, lo normal es que no haya forma de prever todos los efectos de nuestras acciones. Por esa razón decía Aristóteles que la principal virtud de la política es la prudencia.
Esta manera implícita de despreciar en economía todo lo que es público nace de cómo la economía ortodoxa presenta una visión idealizada del funcionamiento del sistema, donde la lógica última que organiza el modo de producción capitalista - la rentabilidad sobre el capital - se diluye en modelos abstractos de oferta-demanda y de unas narrativas idealizadas que ocultan la verdadera relación de subordinación de todos los inputs de la producción (trabajo, personas, recursos) a la producción de ganancia. Esta alienación no se limita a los economistas: todos la tenemos interiorizada de alguna u otra forma. Aprendemos a valorar el desempeño de una economía en términos de rentabilidad, crecimiento, competitividad. Naturalizamos la idea de que el buen funcionamiento de una economía equivale a maximizar una serie de métricas de crecimiento y rentabilidad. Todo este lenguaje econométrico se convierte en sentido común y se universaliza impregnando otras facetas de la vida. Las personas pasan a ser un input más (fíjese si tenemos tan interiorizado este lenguaje que a nadie le parece aberrante el concepto de “capital humano” o que toda empresa tenga su departamento de “recursos humanos”). El Hombre deja de ser el fin de la disciplina económica y se convierte en un medio para la búsqueda de la maximización de una serie de métricas “objetivas”. Ideas como la de justicia, virtud, ética, moral o bien, alrededor de las cuales se pensaba la economía en la Antigua Grecia o en los escolásticos, han desaparecido de la disciplina en favor de los modelos formales, la econometría y la matemática. Hoy nos situamos en lo que Aristóteles denominaba la “crematística”: la acumulación de riqueza como un fin en sí mismo. Es por esa razón que nadie se sorprende que en el centro del debate sobre la vivienda se sitúe a la figura del inversor o la empresa (“Pero y qué será de las constructoras?! Es que nadie piensa en las constructoras?!”), dejando a la persona en un segundo plano. En este contexto, lo público es visto como una aberración porque obstaculiza el fin último de la economía neoclásica: la rentabilidad sobre el capital. Esta cosmovisión económica tiene al Hombre tan en la sombra que es incapaz de juzgar unos resultados por sus efectos sobre el bienestar de las personas.
Pero lo cierto es que, aunque en la actualidad la disciplina económica intente presentarse como una ciencia neutral y técnica, en el fondo no puede escapar de su escencia: la economía es siempre una disciplina moral. Debajo de todo ese lenguaje técnico y de los modelos econométricos, subyacen inevitablemente cuestiones morales y éticas. Decidir qué objetivos son deseables (crecimiento, equidad, bienestar) no es una cuestión meramente técnica, es una cuestión moral. Decidir cómo se distribuyen los recursos o la riqueza no es una cuestión matemática, es una cuestión ética. Toda decisión económica refleja una jerarquía de valores. Debates sobre el salario mínimo o los impuestos no se limitan al análisis de los fríos números, tienen una gran carga ética y moral, sobre lo que es justo, lo que es bueno o lo que es deseable. Lo que distingue a la disciplina económica moderna es que esa dimensión ética y moral se esconde debajo de fórmulas matemáticas y lenguaje técnico.
Todo esto se podría resumir en un “me trae sin cuidado si cae la rentabilidad de la vivienda como inversión, o si afecta a la métrica del PIB, mientras eso signifique que el mercado se hace accesible para personas que a día de hoy están excluídas”. Y si eso pasa, por ejemplo, por limitar la acumulación de stock de vivienda, prohibir la inversión extranjera en ciertas zonas, construir un amplio parque de viviendas públicas o facilitar la financiación de una primera vivienda, pues que así sea.
Estas son tablas que resúmen una de una serie de datos dispersos por la web. De todas formas en cada estadística el INE tiene un apartado con la metodología empleada. Dicho esto, el INE siempre ha sido una fuente estadística bastante fiable.

