Hola a todos.
Me uní a este foro en 2021 y desde entonces, aunque no soy de los que más escriben en él, sí leo mucho y aporto cuando lo creo oportuno. Sin embargo, hoy me apetece compartir algo más personal, porque creo que, quizás, os pueden resonar algunas partes de mi historia.
Me llamo Gerard Baiges Gaya, soy Dietista - Nutricionista de profesión y científico de vocación. Y, desde que tengo uso de razón, la economía siempre me ha resultado fascinante, aunque durante mucho tiempo no supe muy bien qué hacer con esta fascinación.
Cuando era pequeño, a la edad de 8 años, recuerdo que mi tío invertía en bolsa. Para mí era casi magia. Recuerdo haberle dado 20 euros en algún momento para que los “pusiera en bolsa”. No recuerdo la empresa, pero sí abrir el teletexto cada día para buscar el precio de cotización y quedarme mirándolo con una ilusión desproporcionada por la cantidad invertida. Al cabo de un tiempo vino a casa y me devolvió 100 euros. Ahora dudo que los invirtiera de verdad, pero os puedo asegurar que la emoción que sentí en ese momento era abismal.
Este fue el primer recuerdo grabado en mi mente relacionado con el mundo de las finanzas.
Cuando empecé el Grado de Nutrición Humana y Dietética en Reus, descubrí dos cosas: que lo que más me gustaba era la investigación científica, no el trato clínico, y que, en mi tiempo libre — principalmente los veranos— me los pasaba devorando libros de inversión.
Empecé por muchas madrigueras a la vez — estrategias de valor, dividendos, crecimiento, ratios de esto y aquello — y cuanto más leía, más me perdía. La pregunta que me bloqueaba era siempre la misma: ¿cómo sé yo si una empresa está cara o barata? No encontraba una respuesta que me convenciera del todo.
Así que seguí leyendo. Cuatro años de grado, cuatro veranos de libros. Al entrar en el Máster en Tarragona y Barcelona, tenía bastante claro que quería invertir por dividendos — eso de construir ingresos recurrentes tenía mucho sentido para mí. También tenía claro el bróker. Lo que no tenía era el dinero para empezar.
Mi realidad en ese momento: una beca de laboratorio de 350 euros al mes para pagar una habitación en un piso compartido.
En octubre de 2017 empecé el doctorado. Sin un salario digno, sólo los mismos 350 euros.
Mi pareja, que empezó el doctorado conmigo, en el mismo laboratorio, también se sacaba 350 euros haciendo horas extra en la biblioteca de la universidad. Entre los dos hacíamos malabares para llegar a fin de mes. En 2018 conseguí una beca de proyecto donde mis ingresos subieron a 600 euros al mes, pero ella terminó su contrato en la biblioteca y pasó a cobrar unos 200 euros como becaria a tiempo parcial.
No era fácil. Ver que tu entorno avanzaba mientras tú estabas “parado” — o eso parecía desde fuera — y aun así tener que ser productivo, gestionar varios proyectos a la vez, publicar, dar la cara. Es un periodo que te curte mucho, aunque en el momento no lo sientes así.
La recompensa llegó en 2020-2021: ella obtuvo una beca predoctoral competitiva de la Generalitat de Cataluña y pasó de 200 a 1.200 euros. Yo conseguí otra beca predoctoral del Instituto de Salud Carlos III y pasé a ingresar 1.300 euros. Para nosotros fue un cambio enorme. Aunque, siendo honestos, para el esfuerzo y la dedicación que suponía ese trabajo, el dinero seguía sin cuadrar.
Defendimos la tesis en octubre de 2022 y teníamos claro que queríamos cambiar de ambiente. Aterrizamos en Suecia, en el Karolinska Institutet. Ella con contrato fijo. Yo a la espera de una beca postdoctoral que afortunadamente llegó — aunque con una letra pequeña importante: libre de impuestos, lo que significaba que al terminar no tendrías derecho a prestación por desempleo.
Aun así era ilusionante. País y proyecto nuevos, con todo por aprender. Estuve dos años en el Karolinska, 2023 y 2024, y fue una etapa que me dio mucho.
El problema llegó cuando mi jefe recibió una oferta de la Universidad de Michigan y se marchó a Estados Unidos. Yo tenía el proyecto a medias. Así que en 2025 tomé la decisión de seguirle para terminarlo — no había plan B, necesitaba ese año de ingresos y no había otra salida clara. El precio fue dejar a mi pareja en Estocolmo y gestionar la distancia durante todo ese tiempo.
En diciembre de 2025 se me acabó el contrato. Desde entonces vivo gracias al sueldo de mi pareja y a los ahorros que hemos ido acumulando.
Llevo meses buscando, en la academia, en la industria farmacéutica, en toda Europa y en Estados Unidos. El resultado: negativas casi siempre. O el CV no pasa el filtro inicial de recursos humanos, o si lo pasa, la empresa decide durante el proceso de entrevistas que ya no necesita cubrir la plaza y la retira (me ha pasado 2 veces).
Más de 30 artículos publicados, experiencia internacional en instituciones de primer nivel, referencias sólidas. Y aun así, para cada posición compites contra 500 candidatos igual de cualificados o más. El CV te mantiene en la partida, pero no te mete dentro.
En un momento dado lo entendí: esperar a que alguien me diera una oportunidad era una apuesta demasiado arriesgada. Había que reconsiderar opciones.
Cuando mi pareja viajó a Estados Unidos para presentar su trabajo, aproveché esa semana para explorar algo que llevaba tiempo dando vueltas en mi cabeza.
Durante años había ayudado a familiares y amigos a construir plantillas de Excel para que pudieran registrar y entender su situación económica. Uno por uno, caso por caso. Y siempre había algo que no terminaba de funcionar: la herramienta no se adaptaba a la vida real de cada persona.
Así que construí una versión pequeña en Python. Solo para nosotros, solo para ver si el concepto tenía sentido. El resultado no fue espectacular, pero sí le vi mucho potencial.
Ahí empezó todo.
En los próximos días compartiré cómo ha ido evolucionando. No quiero adelantar demasiado, pero si alguien está pensando en cómo mejorar el control de sus finanzas personales o familiares, creo que les va a interesar lo que viene.
Por ahora, muchas gracias por leerme y un abrazo a todos.
Gerard