Hay una frase que me persigue desde hace días: “$40 al día son 30 ingenieros”. Suena a superpoder, a alquimia moderna, a esa fantasía de que por fin el trabajo caro se vuelve barato y todos ganamos. Yo lo escuché en “How Andrew Wilkinson Uses Opus 4.5 in His Work and Life” y pensé lo contrario: más que foso defensivo parece la demolición de una muralla.
Durante años, el mercado trató el software como si fuera propiedad inmobiliaria en Manhattan: ubicación, escasez, rentas. La verdad es más de andar por casa: el software es caro porque coordinar humanos es caro. Equipos, traspasos, reuniones, bugs, semanas perdidas discutiendo si el botón va a la izquierda o a la derecha. Ahora llega la IA y dice: quita la mano de obra, quita la fricción, y de paso quita el argumento más repetido en presentaciones desde 2010: “podemos construirlo”. Perfecto. Pues ahora lo puede construir tu perro desde su caseta. Y cuando construir deja de ser caro, lo caro pasa a ser otra cosa.
La gente se pone nerviosa con “IA quita empleos” como si el problema fuera moral. El problema es contable. Si el coste marginal de producir software cae, la oferta explota, y los márgenes, como en cualquier mercado donde la oferta explota, se vuelven un deporte de riesgo. La ironía es exquisita: llevamos una década financiando compañías que vendían “eficiencia” y “automatización”, y cuando por fin llega la automatización de verdad, la primera víctima es la rentabilidad de los que vendían automatización.
Ahí es donde me interesó la conversación con Wilkinson: el giro no está en generar código, está en validar resultados. Lo dijo sin ceremonia: el cuello de botella es QA, evaluación, cerrar el bucle. Traduzco: la ventaja competitiva ya no será escribir, será probarlo todo. La economía entera se está moviendo de “producción” a “validación”. La fábrica se abarata; la inspección se encarece. Y como inversores, este es un rastro que huele a dinero.
Porque si el mundo se llena de productos que son “Claude con gabardina”, como sugería esa idea de software agent-native donde las features se vuelven prompts, entonces el producto deja de ser un objeto y pasa a ser un sistema probabilístico, indeterminista. No compras una herramienta sino que adoptas un comportamiento. Y el comportamiento necesita quitamiedos, o como se conoce en el argot, guardarraíles. Lo que hoy llamamos “UX” (experiencia de usuario) mañana se va a parecer más a “política de seguridad”. La interfaz será un contrato de confianza: qué hace, qué no hace, qué recuerda, qué olvida, quién lo audita, quién responde cuando alucinó con convicción.
Aquí entra una pieza que casi nadie está monetizando bien: la privacidad como producto, no como check legal. En el mismo vídeo se normaliza algo que a mi me hiela la sangre: “toma mis credenciales de Gmail”, “grábalo todo”, “analiza mis conversaciones”. Eso es un mercado naciente para herramientas safe-by-default, con OAuth limitado, auditoría, borrado real, procesamiento local cuando tenga sentido. No es sexy pero precisamente por eso es defendible. Lo sexy se clona; lo aburrido con permisos y compliance se enquista, se incrusta hasta la médula.
Y hablando de compliance: Manuel Pérez Segado (@segado), en “Así venden las grandes empresas…”, lo dijo de una manera que me dio risa y me entristeció a la vez: en sectores regulados, la ventaja no es el marketing, es el cumplimiento, porque filtra a los charlatanes. En finanzas, en salud, en datos personales, la regulación no es un obstáculo; es un foso si lo abrazas antes que los demás. Mucha gente odia esa frase porque suena a burocracia. Yo la adoro porque suena a barrera de entrada.
Lo que me lleva a una conexión incómoda: la IA está abaratando la construcción y encareciendo la confianza. Y la confianza, en mercados reales, se compra con disciplina, procesos, rituales. Manuel también insistía en algo que parece doméstico pero es lo más serio del mundo: “la gorra de accionista se deja en casa”. Separar rol y propiedad para que el negocio no se convierta en psicodrama. Eso, en un mundo de agentes y prompts, será equivalente a separar “modelo” de “política”: no puedes dejar que el sistema decida y además sea juez de su propia decisión. Si el producto es probabilístico e indeterminista, tu gobernanza tiene que ser obsesiva, aunque por fuera parezca magia.
Todo esto suena a tecnología, pero es macro, y no en el sentido de “predigo tipos”. Es macro en el más puro sentido de la palabra: cambia la estructura de beneficios de sectores enteros. En el mismo vídeo de Wilkinson había una frase que me pareció más honesta que el 90% de lo que se publica sobre productividad: el gran riesgo no es el largo plazo, es el shock de transición y el colapso de márgenes a corto. Ese es el punto. La IA no tiene que “quitar todos los trabajos” para hacer daño; le basta con bajar el precio de lo que haces, justo cuando tu vida está organizada alrededor de que ese precio no podía bajar (y no te digo nada ya si era alrededor de que iba a seguir subiendo).
En paralelo, el mercado está haciendo su truco favorito: convertir una narrativa en una cartera y luego fingir que fue análisis. Michael Batnick, en “The Biggest Investing Lessons Of 2024 To Take Into 2025”, lo dijo con una honestidad que es de agradecer: las predicciones públicas son más disciplina y marketing que ventaja inversora. Exacto. Las previsiones son contenido; el plan es inversión. Y el problema es que el inversor minorista consume toneladas de contenido y casi nunca un plan. Vive de pronósticos como quien vive de café: acelerado, ansioso, convencido de que el temblor en las manos es energía.
En mi opinión, Batnick también clava otra cosa: el gran valor del asesoramiento ya no es batir al mercado, es convertir la incertidumbre en un plan ejecutable. En cristiano: la gente no debería pagar tanto por alfa, como por no arruinarse por no estarse quietos. Y ahora mismo el comportamiento está en modo casino educado. No hacen falta un parlamento ni un banco central para arruinarte; basta con un ETF apalancado y un día ajetreado. Batnick lo llamó “accidente esperando ocurrir”: los ETFs 2x y 3x, especialmente los de una sola acción, por la mecánica diaria de compounding. Yo lo formularía así: el mercado ha logrado empaquetar una bomba de tiempo como si fuera una herramienta de ahorro. Y lo ha hecho con el lenguaje más peligroso de todos: “fácil”.
Aquí es donde me gusta meter el dedo en el ojo: todo el mundo está con que si el S&P está concentrado, si los Magnificent 7 son burbuja, si Nvidia es el nuevo Cisco. La conversación relevante es otra: cuánto de tu cartera se apoya en la idea de que el capital seguirá siendo barato, aunque hoy el “sin riesgo” pague alrededor de lo que hace unos años pagaba un unicornio de SaaS en EBITDA ajustado. Batnick proponía un marco que debería enseñarse en las escuelas de negocios: compara cualquier apuesta con el tipo libre de riesgo y exige justificar el exceso de retorno. Suena aburrido pero es que la riqueza de verdad, no la de los xxxInversor suele ser aburrida.
Y la riqueza, por cierto, no es lo que creemos. Higinio Marín, en “Elogio de la riqueza”, ofrece una definición muy potente que funciona como antídoto contra la histeria financiera: riqueza no es tener mucho, es no padecer necesidad, poder ofrecer hospitalidad, comprar futuro. Dinero como tiempo. La frase es peligrosa porque te obliga a mirar tu cartera y preguntar algo que la industria evita: ¿esto me compra futuro o me compra dopamina? Un patrimonio con muchos ceros pero frágil ante un shock es retrasar la pobreza. Y la pobreza diferida tiene una elegancia particular: llega cuando ya estabas celebrándolo.
Marín también atacó la “cultura de la sospecha” que convierte la riqueza en culpa por defecto. Me interesa por un motivo práctico, sin entrar ya en la parte moral: esa sospecha se está filtrando a la regulación, a la política y al consumo. Y cuando el ambiente cultural decide que el beneficio es sospechoso, las empresas cambian sus incentivos: o maquillan, o se esconden, o piden perdón antes de vender. A mí me preocupa otra cosa: que esa moralización termine premiando modelos de negocio que parecen altruistas pero no aguantan su motor económico. Rob Vinall y Andreas Lechner, en el Q&A de la reunión de inversores de RV Capital, cuentan su error con Ryman: una misión puede degradar la rentabilidad si desplaza al motor de la misma. El buenismo corporativo es barato cuando el margen es alto, pero cuando el margen aprieta, el buenismo se convierte en excusa, y la excusa en ruina.
Ese Q&A fue útil por otra razón: me recordó que los “moats” no son lemas, son mecanismos. Su ejemplo de Credit Acceptance es casi una clase de microeconomía aplicada: parece anticíclico porque es subprime, pero la ventaja real está en el diseño de incentivos con el concesionario y en sobrevivir cohortes malas sin destruir capital. Es decir: no ganan porque el ciclo les favorezca, ganan porque el sistema obliga a los participantes a comportarse. Incentivos rente a vibras. Y en 2026, con IA en todas partes, el negocio será cada vez más eso: quién diseña el sistema donde otros actúan, no quién produce el artefacto.
Luego hablaron de Carvana y me gustó el marco, aunque la acción me ponga nervioso: una crisis de financiación puede fabricar un cuasi-monopolio expulsando competidores antes de que la economía unitaria esté plenamente demostrada. Es brutal porque invierte el cuento moral de los mercados: no siempre gana el mejor; a veces gana el que sobrevivió a la sequía de capital. Y eso es exactamente lo que viene para la capa de las apps de IA. Si construir es barato y financiar infra es caro, veremos un cementerio de “productos” y un puñado de ganadores con distribución, permisos, datos, compliance, y una obsesión maniática por validar. Los demás serán presentaciones de 40 diapos en un disco duro.
Aquí es donde el discurso de Manuel sobre emprender “en crisis” encaja como anillo al dedo. Él decía que empezar en entornos duros te entrena para operar con disciplina, sin deuda, sin expectativas infladas. No se trata de romantizar la crisis; la crisis no te hace mejor persona, te hace más selectivo o te mata. Pero sí funciona como test de estrés temprano: si sobrevives, te quedan hábitos que en la época de las vacas gordas se vuelven opcionales y luego te pueden pasar factura. En inversión pasa igual: construir cartera con el “sin riesgo” al 0% era como aprender a conducir en una pista vacía. Ahora hay tráfico.
La parte deliciosa es que, mientras discutimos si la IA “es burbuja”, el verdadero exceso está en los supuestos de monetización. Manuel lo soltó sin anestesia: costes por usuario, switching fácil en consumo y megadeuda en infraestructura. Ahí está el hueso. Puedes tener una tecnología real y aun así tener una masacre bursátil, porque el mercado no paga por realidad, paga por flujos futuros y ¿por la arrogancia con la que los proyectaste? No hace falta que caiga el líder para que se re-coticen las expectativas y se seque el dinero de los aspirantes. De hecho, lo normal es que el líder sobreviva y aun así el índice de “cosas parecidas” muera.
RV Capital, de paso, hizo una crítica a Nvidia que me parece más útil que una charla de barra de bar sobre CUDA (porque quién no habla de estas cosas con los parroquianos, ¿verdad?): pocos clientes gigantes limitan el poder de precios cuando la escasez se normaliza. Esa frase debería tatuarse en la frente de cualquiera que modela crecimiento lineal en un mercado donde el comprador es un oligopolio. Cuando tus clientes son cinco titanes con equipos de silicio propio y paciencia infinita, tu “pricing power” es una negociación, no un derecho divino. El mercado hoy mira a Nvidia como si fuera un monopolio divino. Yo la miro como una empresa magnífica en un punto del ciclo donde la escasez hace parecer eterno lo que es circunstancial. No significa que vaya a implosionar. Significa que el retorno marginal de añadir más Nvidia a una cartera ya indexada es peor de lo que tu ego se cree. Batnick lo dijo con una claridad desarmante: si estás en el índice ya la tienes. Comprar más a veces es inversión; muchas veces es devoción.
Mientras tanto, en otro rincón del mismo Q&A, apareció PDD/Temu como “disrupción tipo TikTok” aplicada al comercio: feed algorítmico, desintermediación fabricante-consumidor. Esto me interesa por la misma razón que la IA: distribución. Si el feed reduce CAC (Customer Acquisition Cost) y acelera el ajuste oferta-demanda, tienes un motor que no depende de branding clásico, sino de datos y repetición. Y ahí entra la tensión política que RV Capital toca de forma lateral: ellos “no hacen macro”, pero sí leen la segunda derivada, los aranceles como indicador de competitividad china. Bien. Yo iría más lejos: el riesgo no es si China compite, es si Occidente decide que competir es opcional y lo sustituye por por fricción regulatoria. Eso puede recortar márgenes sin destruir el modelo, que es la forma favorita que tiene la política de arruinarte sin admitir que te arruinó.
Es curioso: hablamos de mercados como tecnología de paz, como decía Higinio Marín, y luego los tratamos como si fueran un campo de batalla moral donde el ganador debe pedir perdón. El mercado, cuando funciona, premia la reciprocidad: entregas valor y recibes valor. El problema llega cuando confundimos valor con narrativa. Y la IA es la narrativa perfecta porque es real, espectacular y suficientemente difusa como para que cualquier cosa se disfrace de “AI-first”. En ese pantano, el inversor minorista cree que está comprando futuro cuando en realidad está comprando promesas de múltiplo.
El antídoto no es volverse cínico; es volverse mecánico. Volver a las preguntas difíciles: ¿cómo se retiene al usuario si cambiar cuesta un clic? ¿Quién paga el coste de computación cuando el producto escala? ¿Qué pasa cuando el competidor tiene el mismo modelo base y la misma capacidad de “construir”? ¿Dónde vive la confianza: en la marca, en el permiso, en el dato, en el proceso? Y sobre todo: ¿qué parte del negocio mejora con escala de forma acumulativa y qué parte solo crece en volumen?
Ahí, por cierto, la vieja economía vuelve a poner en su sitio a la nueva. Deere, en el Q&A de RV Capital, aparece como ejemplo de “viejo” industrial cuyo moat moderno está en software, IA y GPS, monetizando productividad del cliente más que metal. Me gusta porque rompe el fetiche de que el futuro siempre tiene logo minimalista y oficinas con kombucha. El futuro también tiene barro, agricultura y máquinas que funcionan. Y para el talento de software, trabajar en impacto tangible puede ser más atractivo que optimizar el color de un botón de compra. El mercado aún no lo valora del todo porque sigue atrapado en la estética del “tech”.
Y ya que estamos en estética: el nuevo ganador laboral quizá no sea el ingeniero clásico, sino el “taste + intent”. En el vídeo de Wilkinson lo insinuaban con una calma casi ofensiva: si la coordinación y los traspasos desaparecen, el que sabe especificar intención con precisión se convierte en palanca. Diseñadores que entienden producto, distribución y QA como mini-estudios. Esto es divertido porque durante años el diseñador era el que pedía cosas al ingeniero; ahora será el que maneja al agente, define pruebas, observa telemetría y convierte patrones en workflows. El organigrama se vuelve más delgado y más cruel: menos manos, más criterio. Y el criterio, otra vez, es lo que no se comoditiza tan rápido.
Lo cual me devuelve al punto que más me importa esta semana: la riqueza no era tener apps, era tener margen. Margen de caja, margen de tiempo, margen psicológico. RV Capital decía que el mayor protector psicológico del inversor no es una técnica, es el diseño del entorno: aislamiento del ruido, base de inversores estable, rutina personal estable. Eso es riqueza real, en el sentido de Marín: comprar futuro, no comprar adrenalina. El “domingo” como test de riqueza auténtica: si no puedes parar, no eres rico aunque tengas patrimonio. En mercados, si no puedes dejar de mirar la pantalla, tu cartera es tu jefe, y tu jefe es un psicópata.
Entonces, ¿qué análisis hago yo si me quiero poner el gorro de stockpicker (o el que debería de hacer alguien con un gorro fundamental)?
- Primero, dejar de confundir la facilidad de construir con la facilidad de monetizar. - Segundo, buscar negocios donde el foso sea confianza, permisos, evaluación, distribución o incentivos bien diseñados, no “tenemos IA”.
- Tercero, tratar el 4% sin riesgo como un competidor real y exigir que cualquier riesgo adicional tenga una historia de flujos, no solo de esperanza.
- Y cuarto, cuidarse de los productos que convierten volatilidad en entretenimiento, porque el entretenimiento, en finanzas, es el nombre de guerra de la ruina.
Me queda una pregunta que no voy a resolver hoy: si el mercado es una tecnología de paz basada en intercambio de dones, como defendía Higinio Marín, ¿qué pasa cuando el intercambio se vuelve invisible, automatizado y mediado por agentes que no sienten vergüenza, ni gratitud, ni reputación? Tal vez el gran negocio de la década no sea hacer que las máquinas trabajen, sino hacer que vuelvan a comportarse.
Pues ahí queda esta chapa, como siempre, no es recomendación de nada ![]()
Fuentes
| Título | Enlace |
|---|---|
| How Andrew Wilkinson Uses Opus 4.5 in His Work and Life | https://youtu.be/WDQ-lMvqx90?si=3T7k5JCoA5HC8z-N |
| Así venden las grandes empresas… | https://youtu.be/Pgty5NIhZWY?si=PNhRVoehrfUJ9gL6 |
| Rob and Andreas’ Q&A at RV Capital’s 2025 Annual Gathering | https://youtu.be/xNezcoquYrg?si=K8HQ3MGOvaKjdqWd |
| The Biggest Investing Lessons Of 2024 To Take Into 2025 With Michael Batnick | https://www.youtube.com/watch?v=vcFk-GkbsCY |
| K195. Higinio Marín. Elogio de la riqueza | K195. Higinio Marín. Elogio de la riqueza - Kapital | Podcast on Spotify |
