Imaginen que aportan 300 euros al mes durante 34 años, sin saltarse una sola aportación, y que el activo en el que invierten consigue un 10% anualizado durante ese periodo. Empiezan de cero, no retiran nada y, para simplificar, tampoco hay comisiones ni impuestos.
Al final se quedarán con 681.943 euros.
Antes de buscar al culpable en la impaciencia del inversor, recuerden que en este ejemplo no ha vendido nunca. Ni siquiera hemos necesitado un año de pérdidas para que el millón se quede lejos.
La idea viene de un artículo de David Dierking en The Motley Fool, que plantea cuánto tardaríamos en reunir un millón aportando 300 dólares mensuales. El autor contempla distintos retornos y advierte que nada está garantizado. Hasta ahí, ninguna objeción: una simulación puede ser útil sin convertirse en una promesa. (aol.com)
Pero hay algo que me parece más interesante que discutir si el mercado dará el 10%, el 8% o cualquier otra cifra. Concedámosle el 10%. Que lo consiga de verdad, medido como rentabilidad anual compuesta. Aun así, queda por saber cuándo lo consigue y cuánto dinero encuentra invertido en cada momento.
Fíjense en estos dos recorridos inventados. En ambos aportamos los mismos 300 euros al cierre de cada mes durante 34 años:
Recorrido hipotético
Primeros 17 años
Últimos 17 años
Capital final
A
5% anual
15,238095…% anual
1.316.468 dólares
B
15,238095…% anual
5% anual
681.943 dólares
Los tipos son efectivos anuales. Esa cifra tan poco elegante del 15,238095…% está elegida para que, combinada con el 5% durante periodos iguales, el activo obtenga exactamente un 10% anual compuesto en ambos recorridos.
Las aportaciones suman 122.400 dólares en los dos casos. La diferencia final supera los 634.000.
Si hubiésemos colocado una cantidad al principio y no hubiésemos añadido ni retirado nada, invertir el orden de esas rentabilidades no alteraría el capital final. Pero aquí el dinero va llegando. Las aportaciones que todavía no hemos hecho no pueden beneficiarse de las subidas anteriores.
En el recorrido A, los años de mayor rentabilidad llegan cuando ya hay más ahorro acumulado. En el B, llegan al principio, cuando buena parte del dinero que acabaremos aportando sigue pendiente de ganar. El activo puede presumir del mismo historial anualizado en ambos mundos; nuestros ahorros han tenido una experiencia bastante diferente.
Y aquí es donde creo que la cuenta empieza a tener interés más allá de la calculadora.
Si al terminar entrevistásemos al ahorrador del primer recorrido, podría explicarnos, con toda honestidad, que su secreto fue aportar cada mes y tener paciencia. El del segundo podría contar exactamente lo mismo. Ninguno mentiría sobre lo que hizo, pero la conducta que comparten no explica la distancia entre sus resultados.
Esto también nos incumbe a quienes defendemos la inversión a largo plazo. La constancia puede ser una parte valiosa del proceso y merece conservarse. Lo que este ejemplo impide es utilizar el capital final como certificado suficiente de que uno tuvo más disciplina que otro. Aquí se la hemos dado idéntica a ambos.
Tampoco hemos demostrado que convenga esperar, cambiar de producto o intentar adivinar cuándo vendrán los años buenos. Los dos recorridos están construidos para aislar un mecanismo; no son un estudio histórico ni dicen cuán probable es cada resultado. Hasta hemos eliminado la inflación, de modo que ese millón, cuando aparece, tampoco representa un millón de poder adquisitivo de hoy.
Lo que sí me llevaría a la planificación es una pregunta: si el dinero va a hacer falta en una fecha determinada, ¿qué margen tengo cuando el recorrido me deja por debajo de lo previsto? Quizá pueda aportar más, aplazar el objetivo o reducirlo. Quizá ninguna de esas cosas sea sencilla. Conviene saberlo antes de que el supuesto de rentabilidad se convierta, casi sin darnos cuenta, en una fecha prometida.
Cuando alguien nos cuente que llegó gracias a la paciencia, merecerá la pena escucharle. Y recordar que también puede haber sido paciente quien todavía no ha llegado.