Originalmente publicado en: Yo no conocí a Mar de Marchis, pero leí a Kant – Todo suma
Hace tiempo, cuando empezaba a darle vueltas a la idea de este blog, hice una lista de «conocimientos no demasiado valorados por los estándares del utilitarismo» sobre los que me apetecía escribir. En esa lista, casi al principio, había una palabra que sonaba a dolor de muelas: deontología.
A los afortunados y afortunadas quizás les suene a asignatura optativa, a último cuatrimestre de carrera, a power point con tipografía Times New Roman. Suena, sobre todo, a algo que sólo concierne a quien tiene un colegio profesional y un carnet: médicos, abogados, periodistas. Algo ajeno al resto.
Y sin embargo, en su sentido más amplio, la deontología no es más que esto: el conjunto de cosas que uno no hace aunque pudiera, o que elige hacer pudiendo no hacerlo, aunque nadie lo viera, aunque no haya ninguna ley ni ningún código escrito que lo prohíba. En ese sentido, compete a cualquiera. Y todos los días, tengamos o no una profesión regulada de por medio. La persona que encuentra una cartera y la devuelve sin mirar si alguien observa, la que no presume de un mérito que en realidad es de otro, la que cumple un acuerdo informal porque lo dio por su palabra y no porque hubiera firmado nada: todo eso es deontología, aunque nadie lo llame así.
Lo que pasa es que en las profesiones esa capa se hace visible porque se nombra. Y por eso sirve especialmente bien como ejemplo: porque lo que en la vida cotidiana queda difuso —»no lo hago porque no está bien»— en un oficio se convierte en algo que se puede señalar, discutir y, sobre todo, ver fallar en público. Por eso voy a usar un caso profesional concreto como excusa para desempolvar el tema. Pero conviene tener esto presente desde el principio: lo que se diga aquí sobre periodistas, médicos o abogados es, en el fondo, un caso particular de algo general.
La excusa la encontré hace pocos días, en un sitio poco inesperado: el mundo del periodismo español.
El caso que dispara la reflexión
No voy a entrar en demasiado detalle. Por un lado no quiero que me confundan con una IA de las que empieza cualquier reflexión con un ejemplo, por otro lado, el detalle no es lo importante. Así picadito: el periodista y buen escritor Daniel Verdú ha publicado La bola (Alfaguara, 2026), un libro sobre Mar de Marchis, la fundadora de Jot Down. Una figura que reunió a algunas de las firmas más reconocidas del periodismo y la cultura en España sin que la mayoría de sus interlocutores llegara a verla nunca en persona. El libro parte del caso de una persona real fallecida en 2022, para hablar también de una etapa de crisis de las redacciones y de las posibilidades que abrió internet.
El libro se presenta, según la propia editorial, como «narrativa basada en hechos reales». Y eso, aunque suene a tecnicismo de catálogo, es exactamente el tipo de detalle donde viven las éticas aplicadas: en la etiqueta que decides ponerle a algo, y en lo que esa etiqueta permite hacer sin tener que justificarlo después.
La reacción no ha tardado. Desde el entorno cercano al rostro tras el pseudónimo se ha dicho que el libro transpira resentimiento, y que la culpa no es del autor sino de la estructura misma desde la que está escrito. No es relevante para este artículo quién tiene razón. Importa la forma del debate: un periodista escribe sobre una editora ya fallecida, y la respuesta llega, otra vez, desde dentro del propio gremio. La prensa hablando de la prensa, sobre una persona que ya no puede hablar.
Esto no es exclusivo de este caso. Es casi un rasgo hereditario del periodismo: pocos oficios han escrito tanto sobre sí mismos, para lo bueno —autocrítica, memoria, transparencia— y para lo malo —ombliguismo, ajuste de cuentas entre colegas, historias que en el fondo suenan mucho a un «nosotros» aunque se disfracen de biografía de «otro».
Por qué esto no es solo periodismo
¿Y si más que ser una anécdota periodística, café para cafeteros, esto fuera un patrón?
Toda persona, profesión u organización que maneja algo que no es del todo suyo —la intimidad de un paciente, los ahorros de un cliente, la reputación de una persona, la vida de alguien que ya no está para opinar, o simplemente la confianza de quien tenemos delante— se enfrenta a la misma pregunta de fondo: ¿quién decide dónde está el límite, y cuándo?
Para responder a eso conviene distinguir dos cosas que solemos mezclar: las reglas y el razonamiento.
Las reglas pueden ser duras o blandas. Las duras son la ley: explícita, con sanción, con un aparato del Estado detrás. Las blandas son todo lo demás que cumple una función parecida sin esa maquinaria: los códigos deontológicos de una profesión, los manuales de estilo de una redacción, los protocolos internos de una empresa, o —en la vida de cualquiera— ese conjunto no escrito de cosas que uno mismo se ha prometido no hacer. A esto último, en sentido amplio, también lo llamamos deontología, pues viene de déon (deber).
Y aquí viene lo importante: una regla blanda sigue siendo una regla, y como toda regla, puede estar bien hecha o mal hecha. Un código deontológico no es bueno por el simple hecho de existir. Puede ser una guía honesta, pensada para proteger a terceros aunque incomode a la profesión. Puede ser un adelanto a una ley posterior, pues la legislación suele llegar bastante tarde, como por ejemplo el bioética o —ejem— IA. O puede ser, simplemente, soft law en el peor sentido: un documento que existe sobre todo para poder señalarlo cuando alguien pregunta, sin que cambie gran cosa en la práctica, o incluso diseñado para proteger primero al gremio y solo después —si acaso— a quien el gremio afecta. Eso es tan censurable como una mala ley, y por la misma razón: porque alguien decide los límites de algo que no le pertenece del todo, y los decide pensando sobre todo en sí mismo.
La ley, como adelantaba, suele llegar tarde casi por costumbre: primero tiene que pasar algo, luego alguien tiene que denunciarlo, luego un tribunal tiene entenderlo y, por último, decidir. Y es un instrumento, por definición, más de brocha gorda que de pincel fino: no se puede permitir distinguir bien entre quien se equivocó de buena fe y quien decidió deliberadamente cruzar la línea. Y así ha de ser para protegerse a si misma en particular y a todos en general.
Frente a esto estamos las personas, que no siempre tendremos una regla —ni dura ni blanda—, pero deberíamos razonar los casos concretos cuando las reglas no alcancen, no encajen, o simplemente no se han escrito todavía para esa situación.
Dicho de otra forma: la deontología responde a la pregunta «¿qué debo hacer?», pero antes o después aparece una pregunta más incómoda: «¿por qué debería hacerlo?». Los códigos sirven para recordar respuestas que una profesión considera valiosas, pero no pueden sustituir por completo al juicio moral de quien los aplica. De hecho, sólo gracias a ese juicio podemos distinguir entre una buena norma y una mala, entre una regla que protege a terceros y una que simplemente protege a quienes la redactaron. La ética empieza precisamente ahí: no cuando obedecemos una norma, sino cuando nos preguntamos si esa norma merece ser obedecida.
Es lo que ocurre cuando alguien se pregunta, sin que ningún código se lo exija: «¿esta persona, si pudiera leer esto, reconocería su vida o reconocería solo el uso que he hecho de ella?». Esa pregunta parece no estar en ningún manual. Probablemente ni la ley ni el código profesional la formulan así. Pero es, en la práctica, lo único que permite dos cosas a la vez: actuar bien en un caso que la norma no contempla, y juzgar si la propia norma —el código, el manual, la regla blanda— es en este caso suficiente, insuficiente, o directamente parte del problema.
Dicho de otro modo: somos lo que queda cuando le quitamos a la regla la posibilidad de excusarse en que «no estaba prohibido». Y aquí Kant, con su imperativo categórico, nos lo deja meridiano:
«Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca solamente como un medio.»
Amén, nada que comentar, hasta me lo tatuaría si fuese yo de tatuarme.
Print the legend
Pienso mucho en esto, no se lo voy a ocultar. Y muchas veces hay una escena de una película del oeste que me viene a la cabeza. En El hombre que mató a Liberty Valance, un periodista descubre la verdad sobre un episodio que se ha convertido en leyenda y decide no publicarla. «Print the legend», le dicen: imprime la leyenda, no los hechos. La leyenda es mejor historia, y además, si ve usted la película, verá que con la investigación ha conseguido más de lo que se proponía.
La escena se suele leer como una reflexión melancólica sobre los mitos fundacionales. Pero también es, sin que la película lo diga así, el retrato perfecto de una decisión deontológica fallida: elegir la narrativa sobre el hecho, no porque la ley lo permita o lo prohíba —ni siquiera entra en esa conversación— sino porque resulta más útil, más redonda, más cómoda para alguien.
Lo interesante es que esta escena no envejece, y no es exclusiva del periodismo, ni siquiera de ningún oficio. Cualquiera que en algún momento tenga que elegir entre «lo que pasó» y «lo que conviene contar que pasó» —en una reunión de trabajo, en una discusión familiar, en cómo se cuenta uno a sí mismo su propia historia— se encuentra, tarde o temprano, en ese mismo cruce. La diferencia entre quien merece la confianza que se le da y quien no, no la marca la ley —que en ese cruce normalmente ni aparece—. La marca la deontología, tenga o no carnet profesional de por medio.
El precedente que quizá recuerde
Hace relativamente poco hubo otro episodio, en apariencia muy distinto, que sin embargo encaja en el mismo patrón: un libro sobre el asesino José Bretón que finalmente fue retirado, por presiones, al entrar de lleno en terreno judicial.
Ahí el contexto era otro —un proceso abierto, un riesgo real de interferencia con la justicia—, pero el mecanismo de fondo es el mismo, sólo que llevado un paso más allá: alguien decidió que una historia ajena, dolorosa y todavía viva para terceros, era sobre todo una buena historia. Y esta vez sí tuvo que intervenir la ley, o la amenaza de la ley, para frenarlo.
Y aquí está, creo, la lección que de verdad me interesa, la que conecta todo esto con la idea original de este blog: cada vez que la ley tiene que entrar a poner un límite que el propio implicado —profesión, organización o persona— debería haberse puesto antes, ese implicado pierde un poco de su autonomía. Pierde parte de eso que justifica que se le permita actuar sin supervisión constante. En el caso del periodismo, esa autonomía tiene un nombre grande: se le llama, no sin razón, el «tercer poder». Pero en una escala mucho más pequeña, cada uno de nosotros también disfruta de esa misma autonomía cada día: la de no necesitar que nadie nos vigile para comportarnos de cierta manera. Y un poder —grande o pequeño— que necesita que le recuerden sus límites desde fuera es, por definición, un poder que se está encogiendo.
La utilidad, al final
Así que vuelvo al principio. La deontología, esa palabra que suena a tener que estar con la boca abierta ante un desconocido, resulta ser exactamente lo contrario de inútil: es el mecanismo silencioso —dentro o fuera de cualquier código escrito— que permite que las personas, y las profesiones que esas personas ejercen, sigan regulándose más por convicción que por sentencia. Permite que el reparto de poder esté en equilibrio. Que no se abuse de coletillas hasta despojarlas de su autoridad —¿le suena lo de «esto no es recomendación de compra?— .
No tengo una fórmula que resuelva si hay algo en La bola que esté bien o mal, ni me corresponde a mí decidirlo. Pero sí me sirve como ejemplo de algo más amplio, y más cercano de lo que parece. Antes de actuar, cualquiera —con carnet profesional o sin él— se puede hacer dos preguntas. La cómoda «¿es legal?», y la incómoda «¿es correcto, aunque nadie vaya a comprobarlo?». Cada vez que ese alguien se hace la segunda, está haciendo exactamente lo que la palabra deontología, mal que le pese a su fama, fue inventada para describir.
Y eso, aunque no tenga sanción, aunque no salga en ningún balance, o no se valore externamente, también suma.