¿Y si el problema fuera poder elegir?

Llevo unos días dándole vueltas a esto a raíz de un vídeo que vi sobre la crisis económica de Cuba en las últimas décadas. El análisis era bastante conocido: un modelo económico ineficiente, controlado por políticos, una historia de dependencia externa que va cambiando de padrino (EEUU, URSS, Venezuela…), una economía que no genera riqueza propia y que entra en crisis cada vez que se corta el subsidio. Un diagnóstico compartido por casi todo el mundo.

Ese marco explica bien la pobreza, la escasez y la falta de oportunidades. Explica por qué el sistema no funciona para producir, innovar u ofrecer horizontes vitales abiertos. No hace falta romantizar nada para aceptar que ese modelo ha fallado.

Pero ese análisis deja fuera otra cuestión menos evidente: qué relación hay entre riqueza y forma de vida. Porque, a pesar de ese fracaso material, Cuba no parece —al menos comparada con otros países pobres de su entorno— un lugar donde la vida sea tan miserable en términos humanos básicos. Hay restricciones materiales severas, sí, pero también servicios mínimos, educación aceptable, sanidad básica, seguridad, tiempo libre abundante, vida social intensa y un sentido de pertenencia casi religioso. No es algo elegido libremente, y eso importa subrayarlo, pero existe.

En países ricos hay salarios más altos, libertad económica, una oferta casi infinita de opciones vitales, movilidad, consumo y tecnología. Pero junto a todo eso aparece otra cara: falta de tiempo libre, estrés crónico, presión constante por rendir, individualismo, soledad, vidas organizadas alrededor de la productividad y la comparación. Quizá los países mediterráneos estemos algo más vacunados (el juicio social aún valora el perder el tiempo con otros), pero en todos ellos la carrera de la rata estructura culturalmente la vida cotidiana.

Algunos datos añaden una capa incómoda. Según la OMS, la esperanza de vida en Cuba ronda los 77-78 años. Los años vividos con buena calidad funcional están alrededor de los 66-67. No son cifras brillantes, pero tampoco malas. Y lo realmente llamativo es que no son peores que las de Estados Unidos. Un país infinitamente más rico termina ofreciendo, en términos de tiempo vivido y años razonablemente sanos, algo muy parecido.

Aquí voy a desplazar la pregunta. ¿Un cubano que tiene las necesidades básicas cubiertas vive, en términos de felicidad, peor que un estadounidense? La intuición diría que sí: menos riqueza, menos oportunidades y opciones, menos libertad formal. Pero cuando se mira con más calma, la respuesta no es tan evidente. La felicidad no parece depender linealmente del nivel de ingresos ni de la cantidad de elecciones disponibles, sino de factores más silenciosos: la calidad de las relaciones, el ajuste entre expectativas y realidad, la sensación de coherencia vital y el grado de control sobre el propio tiempo. Una vez cubierto un umbral básico de seguridad material, más riqueza rara vez aporta más bienestar; con frecuencia introduce nuevas formas de presión, comparación y una expansión constante del deseo, aunque a los estoicos les guste pensar que son inmunes a ello.

En las sociedades ricas, la vida no se vive contra la escasez, sino contra la idea de estar malgastándola. Siempre hay una opción mejor posible, una versión más eficiente de uno mismo, una trayectoria que habría sido preferible. La riqueza abre posibilidades, pero también instala un juicio permanente y jerárquico. No es solo libertad; es libertad bajo examen.

En sociedades más limitadas, las expectativas se estrechan y se comparten. El deseo se adapta. El juicio social es más horizontal. Eso no hace la vida mejor por definición, pero sí la vuelve psicológicamente más amortiguada. La riqueza, en cambio, amplifica el deseo sin ofrecer mecanismos claros para detenerlo. Promete bienestar, pero a menudo entrega inquietud.

Salir de la carrera de la rata dentro de un país rico es, en teoría, posible. No hay un muro físico ni una prohibición legal: nadie impide trabajar menos, consumir menos o priorizar tiempo y vínculos. Pero la carrera no es solo económica; es social. No se compite solo por dinero, sino por legitimidad, por reconocimiento, por no fallar a ciertas expectativas —propias y ajenas— y por no quedar fuera del relato compartido de lo que significa haber vivido bien.

Y ahí aparece la paradoja. En los países ricos no se corre porque no haya elección, se corre precisamente porque la hay. Cada renuncia parece una decisión moral. Cada desaceleración genera la sospecha de estar fallando a algo o a alguien. La libertad, sin un marco que la ordene, deja de ser alivio y se convierte en carga.

Quizá la paradoja no esté en la escasez, sino en nuestra dificultad para gestionar la opcionalidad.

Feliz fin de semana.

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No sé qué decirle, los datos de población y de gente que emigra fuera creo que no respaldan eso.

Y si malviven es por la pasta y recursos que mandan los que escaparon. Sería peor aún si no lo hicieran.

Hace poco vendí un teléfono fijo inalámbrico nuevo por Wallapop a un cubano que se lo iba a mandar a su madre, porque ni para eso les da.

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Prefiero elegir tener o no eso que comenta a que no pueda ni soñarlo.

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¿Conoce usted a algún cubano? Yo he coincidido trabajando a lo largo de mi carrera con 4-5 y aquello de idílico solo tiene los discos de Compay Segundo.

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Buenas tardes:
Para escapar de eso que pone lo último que se me ocurriría es ir a un país con régimen comunista como Cuba.
Hasta aquí en España se puede conseguir; eso sí, mejor en unos sitios que en otros (no precisemos evidencias).
Buen finde.

Saludos.

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Yo no conocía a ningún cubano hasta hace un mes, y si está en España es por la situación del país. Y que ahora se ha agravado.
Si hay gente dispuesta a irse de un lugar donde tiene trabajo y familia a trabajar de lo que sea, no debe ser ejemplo de muchas cosas.

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Si el texto se ha entendido como una defensa de Cuba, no lo es en absoluto. Que la gente emigre, que muchas familias dependan de remesas o que el modelo económico sea un desastre no lo discuto: todo eso es evidente, y más para quienes estamos acostumbrados al “modelo de abundancia” occidental.

Mi reflexión planteaba qué efecto tienen la riqueza, la opcionalidad permanente y la comparación constante sobre la forma en que vivimos.

Por ejemplo, en estudios comparativos de la OMS, la prevalencia de depresión mayor es igual o superior en países de alta renta que en muchos países más pobres.

Otros indicadores de bienestar subjetivo apuntan en la misma dirección. En el World Happiness Report, la satisfacción con la vida no crece linealmente con el PIB. El Better Life Index de la OCDE muestra que factores como apoyo social, tiempo libre y equilibrio vida-trabajo pesan más que los ingresos.

Nadie está diciendo que sea mejor ser pobre o no tener libertad. Yo tampoco lo preferiría. La cuestión es que asumimos que más opciones, más riqueza y más libertad conducen a una vida mejor, y esa relación no es tan directa.

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Perdone Javier:
Ahora me aclaro de lo que estamos hablando, pero es que para hablar de esto no conviene hablar de lo felices que son los cubanos y lo desgraciados que son los norteamericanos.

Sigamos apoyando al chico del Palmar, que el serbio es perro viejo.

Para finalizar, a mí me deestresa bastante la huerta (no es un consejo), saco ahora mismo esta foto, con estos tomatitos que tengo al lado y que prometen.

Un saludo.

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