¿Qué pasa cuando al Estado empieza a molestarle el precio de su deuda?

A raíz de la peculiar respuesta de Trump del viernes sobre las posibles intervenciones de su Administración en el mercado de Treasuries —respuesta en la que, para sorpresa de quienes pensábamos que la artillería pesada de la renta fija eran los convexity hedgers, terminó apareciendo incluso el ejército de los Estados Unidos— llevo un rato dándole vueltas a una cuestión que me parece bastante más interesante que la frase que, como era de esperar, ha terminado circulando por todas partes.

No es ninguna novedad que un Estado prefiera financiarse barato, naturalmente, ni tampoco que intente influir, de forma más o menos directa, sobre las condiciones en las que lo hace. Lo extraordinario sería más bien lo contrario. Si uno debe unos cuantos billones y tiene capacidad política, regulatoria y monetaria para tratar de reducir la factura, sería incluso llamativo que no explorase alguna posibilidad, aunque supongo que el acreedor tiene derecho a contemplar el asunto desde una perspectiva ligeramente menos entusiasta.

Estados Unidos tiene además precedentes bastante explícitos. Entre 1942 y 1951 la Fed mantuvo limitados los rendimientos de la deuda pública para facilitar la financiación del esfuerzo bélico, hasta que el acuerdo entre el Tesoro y la Reserva Federal terminó con aquel régimen. El sistema funcionó, por supuesto, aunque aquí vuelve a aparecer una de esas pequeñas molestias semánticas que hacen tan entretenida la economía: antes de decir que algo “funcionó” quizá convenga preguntar para quién.

El Tesoro consiguió unas condiciones de financiación extraordinariamente favorables. El inversor que prestó a tipos artificialmente contenidos mientras el nivel de precios hacía sus cosas quizá recuerde el experimento con algo menos de cariño.

Y llegados aquí, lo que me interesa no es demasiado si Trump puede conseguir que mañana el bono a diez años baje veinte o treinta puntos básicos, algo sobre lo que además no creo tener nada especialmente inteligente que añadir, sino qué ocurre cuando un Estado con un endeudamiento muy elevado empieza a considerar políticamente incómodo el precio que el mercado le exige para financiarse.

Si simplificamos muchísimo —probablemente demasiado, así que agradeceré que alguno de nuestros ilustres especialistas en renta fija me corrija antes de que haga más daño—, el número de salidas tampoco parece infinito. Se puede crecer lo suficiente para que la deuda pese menos, recaudar más, gastar menos, aceptar el tipo real que exija el acreedor o, mediante procedimientos que históricamente han adoptado formas bastante variadas, conseguir que sea precisamente ese acreedor quien soporte una parte mayor del ajuste.

Y esta última posibilidad me parece especialmente interesante desde el punto de vista de la construcción de carteras, porque solemos hablar del riesgo de duración como una combinación bastante aséptica de tipos de interés, inflación y plazo, cuando quizá, a determinados niveles de endeudamiento, existe también un componente político que merece al menos aparecer en la conversación.

No estoy sugiriendo, quede dicho antes de que alguien empiece a convertir su renta fija en lingotes y latas de conserva, que vaya a producirse una nueva versión de la represión financiera de posguerra, ni mucho menos que sepamos cuál sería la forma que adoptaría si alguna vez llegara. Precisamente me interesa el asunto porque no me parece que la respuesta sea evidente.

Así que les dejo la pregunta, especialmente a quienes manejan bastante más renta fija que servidor:

¿en qué momento el riesgo de que al emisor le resulten demasiado altos sus propios tipos debería empezar a formar parte de nuestra valoración del riesgo de duración?

Y, quizá todavía más interesante, si creen que ya estamos cerca de ese punto, ¿cómo lo reflejan realmente en cartera?

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Muy interesante, disculpe porque con el móvil soy muy perezoso. El impago y las quitas no son muy elegantes políticamente, pero adivino que también las contempla en su texto. Si bien es cierto que en un contexto de inflación, a los Estados no les gusta refinanciar la deuda a tipos muy altos, por contra, en ese contexto les suele ser más fácil devolver el capital, a vencimiento, con un dinero devaluado.

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Trump es el perfecto ejemplo de aquel tipo de persona que cuando el mercado le va a favor cree que es consecuencia de su habilidad y que los que se quejan son unos que no saben aceptar las reglas del juego, y cuando cree que le va en contra se queja de las reglas del juego.

Precisamente que Trump manifieste públicamente sentimientos que son habituales en economía ya no debería de sorprendernos mucho. En todo caso quizás el problema es analizar según que variables por separado cuando hay que ver la situación más en conjunto. A veces precisamente el problema es que es muy fácil pretender arreglar una variable económica por separado pero luego hay que vigilar que no empeoren de forma sensible las otras.

Siempre muy ilustrativos los ejemplos que pone. Hay que reconocerle su habilidad para encontrarlos.
Quizás el problema termina siendo precisamente que el inversor pretenda que cierto tipo de condiciones se puedan mantener aunque todo lo otro se tambalee.

En unas condiciones tan complicadas como las de la primera mitad del SXX lo realmente sorprendente no son el tipo de decisiones tomadas por los gobernantes de turno sino que la cosa medio aguantara y mirar las cotizaciones de USA para ver que la cosa no fue tan grave tiene mucho de sesgo de supervivencia.
Esperar que no habrá que hacer todo tipo de sacrificios económicos duros en una situación donde muchos pierden la vida para defender a su país creo que es indicativo de que al final nos termina molestando lo que nos afecta cuando hay quien está asumiendo un tipo de sacrificio notablemente peor.

Quizás la falacia es pretender que ciertas condiciones que hacen posible el funcionamiento actual de la economía son independendientes completamente del contexto político. Que las políticas que favorecen esa situación sean de lo más convenientes o de lo más lógicas no significa que sea la única opción ni la que se siga.

En las magníficas reflexiones de su artículo Ver venir el crash no es lo mismo que saber qué hacer precisamente lo más interesante es entender que tener presente este tipo de situaciones no significa pretender acertarlas sino tenerlas mínimamente en cuenta a la hora de tomar según que tipo de decisiones y, lo más importante, no sobrereaccionar cuando se producen situaciones que alteran esa visión de una notable independencia entre política y economía.

La solvencia del emisor creo que es una variable a considerar siempre en los riesgos, especiamente cuando se viene de una situación como 2022 donde pasó mucha factura la duración y muy poca la de la propia solvencia.
Teniendo en cuenta el papel que juega USA en el sistema global financiero y, especialemnte del dólar, quizás lo más complicado es delimitar el tipo de riesgo que se puede terminar produciendo si la situación se va complicando.

Recordando a 2008 hay que ver la capacidad de cierto tipo de problemas de contagiarse al resto de la economía y como un problema que era básicamente de naturaleza inmobiliaria y de crédito a prestatarios terminó desembocando en una crisis de esa magnitud. No digo que termine derivando en una crisis del mismo estilo, de hecho cada crisis es diferente.
Lo delicado termina siendo creer que uno está a salvo de según que tipo de problemas cuando no es tan complicado que se produzcan efectos contagio de una magnitud significativa.

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Sí, creo que entre los dos están apuntando precisamente al matiz que me faltaba desarrollar. @Luis1 menciona el impago y las quitas, que naturalmente forman parte del menú, aunque en el caso de un Estado que emite deuda en su propia moneda sospecho que lo interesante suele empezar bastante antes de llegar a tal extremo: si uno puede devolver nominalmente exactamente lo prometido después de haber reducido considerablemente su valor real, quizá no necesite protagonizar el siempre poco edificante espectáculo de anunciar que no va a pagar.

Y aquí enlazo con lo que comenta @agenjordi, porque probablemente he utilizado “riesgo político” como una especie de cajón demasiado amplio cuando, pensándolo mejor, hay varias cosas distintas metidas dentro. Está la solvencia propiamente dicha, naturalmente, pero también la inflación que finalmente se tolera, los tipos reales que se permite soportar al ahorrador, la regulación financiera, la composición de las emisiones y, llegado el caso, todas esas formas históricamente imaginativas mediante las cuales el acreedor puede terminar colaborando con la financiación del Estado sin recordar haber levantado voluntariamente la mano.

Lo que me parece difícil —y quizá por eso interesante desde el punto de vista de cartera— es asignar una probabilidad concreta a cada una de esas salidas. En EE. UU., además, uno añade el papel del dólar y de los bonos dentro del sistema financiero mundial y la cosa deja rápidamente de parecerse al análisis de solvencia de una empresa, donde al menos podemos fingir durante unas páginas que el balance contiene casi todas las variables importantes.

Quizá la pregunta que planteé al principio la formularía ahora de otra manera: más que preguntarnos cuándo empieza a preocuparnos que EE. UU. “no pueda pagar”, ¿en qué momento deberíamos preocuparnos por que la forma políticamente más cómoda de pagar termine siendo particularmente incómoda para quien posee la deuda?

Y sospecho que eso nos devuelve bastante a la reflexión del otro hilo que menciona @agenjordi: no sé si podemos predecir cuál de esos mecanismos aparecerá, pero sí podemos intentar no construir una cartera que necesite que ninguno aparezca.

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Nunca me ha atraído la renta fija, tal vez porque en el largo plazo prefiero la posición de accionista, pero cuando hablamos de deuda de los Estados estamos completamente a merced de que el emisor puede en cualquier momento modificar las reglas del juego a mitad de la partida pudiendo, incluso, llegar, en determinados casos , a devolver el capital amortizando anticipadamente determinadas emisiones que le obligan a pagar intereses muy superiores a los de las nuevas emisiones. Lean siempre la letra pequeña.

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El tema de la deuda en USA lo veo muy complejo y delicado.

Tanto la pública como la privada.

Comparto el punto de vista de que los posibles escenarios futuros pueden ser muchos, gestionarlos será dificil y predecirlos imposible.

Yo sigo a Michael Hudson. Explica bien el tema de la deuda USA y no es muy optimista al respecto.

Es un señor de más de 80 años.

Tiene página web y sale frecuentemente en Youtube.

Un saludo para todos Ustedes.

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