Qué bien cuando tenemos algo como el oro, que se revaloriza y disfrutamos de ese aumento de nuestra “riqueza” cómodamente desde el sofá. Lamentablemente, de ahí a que podamos pagar las facturas con esta suculenta revalorización hay ya un salto más amplio, porque hace falta poner la pasta.
La propuesta de la que me he hecho conocedor de utilizar la revalorización de las reservas para aliviar la deuda pública tiene ese atractivo: reconocer un valor mayor, obtener fondos y conservar el oro. Pero cambiar una valoración contable (risas), por sí solo, no abona dinero en la cuenta de nadie. Hace falta una operación adicional que por supuesto tiene otro lado (ya saben esto del engorro de las hojas de los estados financieros)
Colin Weiss repasó varios precedentes en una nota publicada en FEDS Notes en agosto de 2025. Entre ellos, el acuerdo sudafricano de 2024, que utilizó una cuenta de revalorización de oro y divisas para reducir las necesidades de financiación del Gobierno.
La explicación del propio banco central sudafricano es bastante reveladora: la transferencia inicial no se financiaría vendiendo reservas, sino creando nuevos pasivos, principalmente saldos de los bancos comerciales en el banco central. Esos saldos, a diferencia de la cuenta de revalorización sustituida, pagan intereses.
Aquí «reservas bancarias» significa dinero que los bancos tienen depositado en el banco central. No son los lingotes de los que habíamos empezado hablando.
Fíjense en lo que cambia al juntar las cuentas del Tesoro y del banco central. Vamos a improvisar un ejemplo pequeño, para que el tamaño de las cifras no nos distraiga.
Supongamos que se amortizan 100 de deuda que cuesta un 5% anual y que la operación deja 100 adicionales de reservas bancarias remuneradas al 4%. Mantenemos ambos importes y tipos durante un año, sin otros cambios ni costes.
| Intereses anuales | Antes | Después |
|---|---|---|
| Tesoro, por esa deuda | 5 | 0 |
| Banco central, por las reservas adicionales | 0 | 4 |
| Total de ambas instituciones | 5 | 4 |
El Tesoro puede decir que se ha quitado cinco de intereses. Es verdad. Si quien escucha entiende que el sector público se ha ahorrado cinco, ya hemos cambiado de pregunta sin avisarle.
El ahorro conjunto es uno.
Y ese uno tampoco tiene por qué durar. Si el coste de las reservas fuese del 5%, el ahorro desaparecería; al 6%, el coste conjunto superaría en uno al de la deuda sustituida. Seguimos dentro del ejemplo, manteniendo el resto constante. Son supuestos para entender la cuenta, no tipos actuales ni una previsión.
Esto introduce una cuestión más interesante que decidir si la operación es una genialidad o una trampa. Una deuda a tipo fijo, en este ejemplo, se sustituye por financiación a tipo variable. La reducción de la deuda del Tesoro no nos cuenta por sí sola cómo ha cambiado la exposición del conjunto a los tipos de interés.
Tampoco sería razonable concluir que la operación es inútil o irrelevante. En nuestro primer escenario sí hay ahorro. Lo que habría que justificar es su importe, su duración y las condiciones que podrían hacerlo desaparecer.
A mí me interesa conservar esa distinción cuando aparecen soluciones aparentemente indoloras para las cuentas públicas. Que un organismo deje de pagar no nos dice todavía cuánto hemos dejado de pagar entre todos.
Antes de celebrar el ahorro, sumaría las dos facturas.