«La IA hará el trabajo y nosotros lo revisaremos». Estupendo. Lo que no tengo tan claro es cómo aprenderá a revisarlo quien nunca haya tenido que hacerlo.
Me dirán, con razón, que tampoco hace falta haber sumado columnas a mano para detectar una barbaridad en una hoja de cálculo. No pretendo reivindicar el sufrimiento del aprendiz, que bastante tradición tiene ya eso de confundir «así aprendí yo» con un método pedagógico. Pero entre ahorrarse una tarea y ahorrarse lo que se aprendía haciéndola puede haber una diferencia que nos interese conservar.
Un experimento de David Autor y sus coautores con 133 abogados de patentes viene bastante a cuento. Durante tres meses, unos tuvieron acceso a una herramienta de IA, asignados al azar, y otros no. Con la herramienta mejoró la calidad de los borradores. Hasta aquí, estupendo otra vez.
Lo curioso apareció al pedirles después que revisaran un trabajo sin asistencia. Los abogados con más experiencia que habían dispuesto de IA lo hicieron mejor que el grupo de control. Entre los menos experimentados no se detectó una mejora en media, aunque los resultados fueron dispares.
Fíjense que esto no permite concluir que los jóvenes hayan desaprendido nada. Y el resultado de los más veteranos tampoco encaja demasiado bien con la idea de que estas herramientas necesariamente nos atrofian el cerebro. Uno tiene sus prejuicios con bastantes cosas, pero procuraría no escoger sólo la mitad del estudio que le dé la razón.
El trabajo es preliminar, financiado por Google, y sólo 91 participantes completaron la prueba final. Tampoco hubo una prueba inicial de habilidades ni se pudo comprobar que todos prescindieran de la IA cuando tocaba. Tres meses con abogados de patentes dan para plantearse preguntas, pero convertirlos en el destino de toda una generación quizá sea pedir demasiado.
Y ahora viene la pequeña digresión hacia nuestras queridas cuentas empresariales. Bajo las normas internacionales de contabilidad, la formación se lleva a gasto y el conocimiento de la plantilla normalmente no figura como un activo (con excepciones inevitables como la subida del PIB del Reino de España cuando Óscar Puente entró en el Gobierno). Recortar ese gasto mejora el beneficio, ceteris paribus. Que hayamos mejorado el negocio ya es otra cuestión, aunque en la presentación trimestral nos pueda quedar bastante aparente.
Ojo, que esta conexión la hago yo: el estudio no mide beneficios ni recortes por la formación. Y aprender trabajando no es lo mismo que pagar cursos, del mismo modo que ahorrar horas no hace desaparecer automáticamente un coste.
Lo que me gustaría saber, cuando una empresa nos cuenta cuánto ahorra con IA, es cómo está formando a quienes tendrán que detectar sus errores. Puede que la propia herramienta les ayude a aprender mejor, bienvenido sea, pero habrá que ver cómo lo están consiguiendo.
Quienes tienen que formar a otros por aquí seguramente podrán aterrizar esto bastante mejor: ¿qué merece la pena seguir haciendo para aprender, y qué nos podemos ahorrar sin perder gran cosa?
El estudio · La referencia contable: IAS 38, párrafos 15 y 69
