Dormir tranquilo también deja de pagar intereses

Hay algo reconfortante en descubrir que las aseguradoras también compran seguros. Uno podría pensar que, después de dedicar su vida profesional a poner precio a nuestros temores, habrían desarrollado cierta inmunidad. Pero no. Lo que probablemente han desarrollado es una idea bastante más precisa de cuánto puede costar hacerse el valiente.

Markel acaba de anunciar una operación con Enstar para reducir la incertidumbre de determinadas carteras antiguas. Lo que mola es que permite mirar el negocio asegurador desde el otro lado del mostrador y además nos da una pequeña lección sobre lo que estamos comprando cuando pagamos por dormir mejor.

Según el comunicado de la compañía, el acuerdo incluye una prima de 120 millones de dólares y protección adicional de hasta 1.200 millones frente a un deterioro de las reservas cubiertas. La operación sigue pendiente de autorizaciones y otras condiciones, con cierre previsto para el cuarto trimestre.

Hasta aquí, una aseguradora pagando a otra para que se ocupe de una parte de los posibles disgustos. Una actividad bastante razonable, y que nos permite sospechar que Enstar tampoco ha acudido por hacer amigos.

Lo interesante viene después. Markel espera un efecto poco significativo sobre el resultado de suscripción del trimestre: la protección permite reducir el margen de prudencia incorporado a sus estimaciones, compensando el coste de la prima.

Fíjense en lo fácil que sería quedarse con una versión idílica de la historia: menos incertidumbre y apenas impacto en resultados. A uno le presentan suficientes operaciones así y acaba preguntándose por qué sigue habiendo problemas en el mundo.

Peeeero, diantre, los números siguen por otro lado.

En la llamada de resultados, el director financiero explicó que se transferirán a Enstar unos 2.250 millones de dólares en activos de renta fija. Como referencia para los ingresos financieros que se ceden, señaló una rentabilidad aproximada del 4% antes de impuestos.

La multiplicación está al alcance incluso de quienes tendríamos que haber hecho letras por dignidat:

2.250 millones × 4% = 90 millones de dólares al año.

Ojo, que esto es una referencia estática del rendimiento de esos activos, no una previsión de caída del beneficio para 2027, ni una renta perpetua, ni el coste total de la operación. El saldo y los pagos evolucionan. La dirección, de hecho, no ofreció una previsión de beneficio por acción para el próximo año.

Tampoco tendría sentido presentar los 2.250 millones como dinero regalado. Se transfieren activos dentro de un acuerdo por el que Enstar asume obligaciones definidas. Contar lo que sale y olvidarse de lo que el otro se compromete a pagar sería una forma bastante miope de analizar un seguro.

Lo que sí podemos ver es que la tranquilidad tiene un coste de oportunidad. Parte del dinero que producía intereses dejará de producirlos para Markel.

Y aquí aparece, para mí, la parte más interesante del asunto. Nos gusta mucho el float de las aseguradoras: cobrar ahora, pagar después e invertir mientras tanto. Menos entusiasmo nos produce recordar que ese «después» puede traer una factura mayor de la que habíamos imaginado. El dinero es muy simpático mientras está en nuestra cuenta; las obligaciones que lo acompañan suelen tener menos fans.

Por eso, comparar únicamente el beneficio esperado antes y después puede quedarse corto. También importa cuánto capital exige aguantar el riesgo, qué otras oportunidades dejamos pasar y qué ocurriría si las estimaciones salieran suficientemente mal.

Ceder una parte de los ingresos puede mejorar las cuentas de una empresa si permite quitarse un riesgo caro de soportar. También puede ser un mal negocio si se paga demasiado por hacerlo. La palabra «prudencia» merece el mismo examen que la palabra «crecimiento»: ambas quedan estupendamente en una presentación y ninguna exime de hacer las cuentas.

No he valorado aquí el contrato como para concluir que Markel haya comprado barato. Harían falta, entre otras cosas, las condiciones completas, los calendarios de pagos y una estimación de las pérdidas posibles; y más importante aún, tener el conocimiento para hacerlo bien. Lo que me interesa es la decisión: cuánto merece la pena dejar de ganar a cambio de reducir lo que puede salir mal.

Salvando las distancias, esa pregunta también aparece cuando mantenemos liquidez, diversificamos o rechazamos una inversión cuyo resultado medio tiene muy buena pinta, pero el caso de un mal resultado nos obligaría a cambiar de vida.

No todo ingreso al que renunciamos es una torpeza. Tampoco toda preocupación justifica pagar lo que nos pidan por quitárnosla.

Dormir tranquilo puede ser una buena inversión. Lo que conviene evitar es contabilizar el sueño como que es gratis. Podríamos estar haciendo otras cosas como contar nuestros bitcoins

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Muy buena. Creo que, como gestor de riesgos, me quedo con esa reflexión: no todo lo que dejamos de ganar significa que estemos perdiendo. A veces compensa renunciar a una parte de la rentabilidad si con ello evitamos asumir un riesgo que mañana nos puede dar un disgusto importante (con sus pesadillas). Al final, la cuestión está en saber cuánto nos cuesta esa tranquilidad y si realmente merece la pena…

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